Las Vacunas Y Los Antibioticos

Las Vacunas Y Los Antibioticos

Las vacunas y antibioticos

Vacunas:

A principios del siglo veinte, tres botánicos en forma independiente (de Vries, Correns y Tschermak) redescubren las leyes del monje Mendel y demuestran su validez para muchos caracteres de plantas y animales.

En 1902 un médico, Archibaldo Garrod estudia algunas enfermedades que se heredan en ciertas familias acatando las leyes de Mendel, y crea el término de “errores congénitos del metabolismo” identificando los rasgos generales de las enfermedades asociadas a la herencia.

En 1903, un citólogo (Sutton) descubre a las unidades pareadas que se ven durante la división celular y que son fácilmente teñibles, y las propone como las unidades celulares que transportan los factores Mendelianos, apareciendo así los cromosomas.

En ese mismo año otro citólogo (Bovery) demuestra que los cromosomas no desaparecen entre los periodos de división celular, sino que están presentes siempre en toda célula y que solamente se engruesan y se hacen visibles durante la mitosis.

En 1904, William Bateson reconfirma todo lo descrito por Mendel, enfatizando el carácter predecible del modo de la herencia inscritos en la célula. Estos factores o elementos hereditarios son bautizados como genes y el estudio de la herencia como genética.

En 1908 y en forma independiente un matemático (Hardy) y un médico (Weinberg) derivan una formula algebraica sencilla que explica el modo de acción de los genes en los grupos de individuos, se extienden así las leyes de Mendel desde los individuos a las poblaciones y se puede aplicar la genética Mendeliana a la teoría evolutiva de Darwin

Las medidas higiénicas que más muertes han prevenido son el suministro de agua potable para consumo humano y la vacunación masiva. Esto último pertenece a la segunda mitad del siglo XX, pero las primeras vacunas se originaron en las dos centurias inmediatamente anteriores.

Los nombres de Edward Jenner (1749–1823), Louis Pasteur (1822–1895), Jonas Salk y Albert Sabin son tal vez los màs destacados en la historia de las vacunas anti-infecciosas. La ciencia –basada en la observación-, revolucionó la medicina y la misma economía, cuando pudo comprobar que la calidad y duración de la existencia de los seres vivos estaba amenazada o en algunos casos protegida, por otros organismos vivientes que no podíamos observar a simple vista: los microbios.

No hay duda que Pasteur fue genial, más académico, mejor científico; pero Jenner pegó primero. Este último fue discípulo del famoso anatomista y fisiólogo inglés John Hunter (1728–1793), con quien realizó numerosas estudios como naturalista. Fue Hunter el autor de aquella famosa frase en carta a Jenner: “¿Por qué teorizar?” Vamos al experimento”. Y no se refería a lo que luego sería la “vaccinia” sino a la temperatura de los erizos durante la hibernación.

Edward Jenner fue un personaje sencillo, ante todo un médico rural. Con contadas excepciones, ejerció toda la vida en su natal Berkeley en el condado de Gloucester. Una de las pestes que le tocó afrontar fue la viruela o “pequeña pústula”, que asolaba a los humanos (en Europa particularmente después del siglo XVI), diezmándolos por doquier. Llegó al viejo continente procedente de oriente con los cruzados, y a España con la invasión de los moros. Era una enfermedad que causaba ceguera o en numerosos casos, la muerte; sumamente maligna en comparación con otra que daba en las reses, que se llamaba “pústula de las vacas” o “vacuna”. Las lecheras de aquella campiña inglesa decían que no les daba la viruela porque durante el ordeño habían contraído de las ubres la “pústula vacuna”, lo que les confería protección. Y pensando en que la voz del pueblo es la voz de Dios, Jenner se dedicó a observar y a propalar la idea de que era factible “vacunarse” contra la viruela. En 20 años de necia insistencia ante sus colegas, finalmente en 1796 se lanzó a practicar exitosamente la primera vacunación. Para ser sinceros, ya los chinos inoculaban a las lecheras para prevenir la vacuna; y en Inglaterra usaban la técnica china, pasando sobre una zona de la piel previamente escarificada un hilo contaminado del pus; generalmente con ausencia total de asepsia, lo que generaba infecciones que eran más dañinas que la patología que se trataba prevenir.

Observando cuidadosamente, vio Jenner que a la vaca le daban dos tipos de infecciones, y que sólo una de ellas confería inmunidad exclusivamente durante cierta etapa de la enfermedad. Sarah Nelmes padecía el mal benigno de la vacuna, causado por un virus diferente al de la viruela pero que confiere inmunidad cruzada; esta es una erupción pustular que se acompaña de leve malestar general que sana rápidamente. Esta lechera fue quien donó el pus que fuera inoculado a James Phipps, un niño de 8 años que resistió sin enfermar otra inoculación dos meses después, esta vez de viruela virulenta. Y así 23 casos más, que fueron informados en un pequeño libro con un extenso título, que sería muy cortó en relación con el inmenso bien que generaría.

Antibióticos:

Los antibióticos son sustancias que fabrican los microbios y producen la muerte de otros organismos (su nombre deriva del griego y significa “contra la vida”). En 1875, el naturalista irlandés John Tyndall (imagen) descubrió el primer antibiotico, producido por el hongo Penicillium. El descubrimiento pasó inadvertido, porque en esa época se ignoraba que las enfermedades infecciosas eran producidas por bacterias.

Medio siglo después, el médico escocés Alexander Fleming redescubrió el mismo antibiótico y lo llamó penicilina.

Ahora se sabía cuál era el papel de las bacterias en las enfermedades infecciosas, pero una creencia muy difundida entre los médicos sostenía que no era posible matar a los microbios que se encontraban dentro del cuerpo humano. Así fue como Fleming se dedicó a investigar otras cosas y el uso masivo de la penicilina se demoró otros quince años.


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